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Armó una cancha de vóley con palos y una red de pesca: ahora solo necesita una pelota

A Paulo Vázquez le faltan muchas cosas. Pero las primera que mencionan son una pelota de voley para poder jugar a su deporte favorito y un pozo con agua potable en su casa. Vive en la comunidad Santa María Nueva, en la localidad de Santa Victoria Este, en Salta. Lo primero lo resuelve pidiéndole una a un vecino que, a veces, se la presta. Lo segundo, por ahora, se lo resuelve la Cruz Roja Argentina, que desde el año pasado se ocupa de distribuir ese bien tan vital y necesario en la zona.

En esta geografía marcada por la aridez y el polvo que se mete por todos lados, el deporte oficial es el voley. Paulo – tiene 14 años – armó junto a su familia, una cancha con postes de madera que sacaron del monte y una red de pesca. Allí se juntan todos cuando cae el sol para desafiarse y divertirse un rato.

“Antes era más gordo y ahora estoy mejor. Hay que correr rápido para saber jugar. Mi sueño es poder tener un pelota que sea mía”, dice Paulo, vestido con remera salmón, short deportivo y zapatillas negras. Después de saludar y conocer a su familia, nos sentamos sobre un tronco a charlar sobre los desafíos que enfrentan todos los días:

¿Tienen agua en tu casa?

– Sí, bah, cuando sale del caño. Hay veces que no tenemos agua en 3 días.

¿Y sabés quién la trae?

– Sí, Cruz Roja siempre trae.

En enero del 2020 se decretó la emergencia socio sanitaria en algunos departamentos de Salta, incluido en el que vive Paulo, después de que seis niños murieran por desnutrición durante ese mes. A partir de ese momento, la provincia activó un plan de contingencia y puso en manos del Ejército Argentino la tarea de repartir agua potable a las familias hasta que se resolviera el largo plazo.

Cruz Roja Argentina es la que hoy en día le hace llegar el agua a Paulo y su familia. Esta entidad tiene instalada una planta potabilizadora de agua en el territorio que lleva distribuidos más de 8 millones de litros con una capacidad de hasta 60.000 litros por díaMicaela Urdinez

“Nosotros llegamos al comienzo de la emergencia socio-sanitaria, a través de una llamada de la provincia. Cruz Roja Argentina decide instalar su primer campamento humanitario en el país en el corazón de las comunidades. Cubrimos aproximadamente 45 comunidades en los alrededores de Santa María, en donde estamos asentados”, explica Maximiliano Tolaba, coordinador del campamento de la Cruz Roja. Hoy en día, esta entidad tiene instalada una planta potabilizadora de agua en el territorio que lleva distribuidos más de 8 millones de litros con una capacidad de hasta 60.000 litros por día.

Paulo se levanta temprano, hace un fuego y pone la pava con su hermanito. Toman un té y se van los dos para la escuela caminando que queda a tres kilómetros. “Tardo más o menos una hora en llegar. A veces vamos trotando para llegar a las 8 en punto. Si tuviera una bicicleta podría llegar más rápido”, dice este adolescente, mientras de fondo, unas cabras se pelean en el corral.

Vuelve todo transpirado después de ese trayecto bajo el sol. Cuando llega a su casa, se acerca hasta el bidón de agua azul que tienen debajo de la sombra de un árbol, se moja la cabeza y toma un vaso de agua.

“En la escuela no alcanzan los profesores porque les queda muy lejos. Si justo llueve o se ha pinchado la rueda de su moto, la hora se va y el chico tiene que volver. Perdió el día. Yo no pude terminar la primaria porque antes no teníamos documentos. Recién en estos años tenemos”, explica Silas Belizani, su abuelo de 68 años y también cacique de la comunidad.

Paulo y su hermano Emanuel, almuerzan fideos después de volver de la escuela junto a su mamáMicaela Urdinez

Después de comer un plato de fideos, Paulo charla con LA NACION.

-¿Cómo fue no poder ir a la escuela el año pasado?

-Bien aburrido, estaba en la casa. Ahora estoy contento, quiero ir al colegio y después a la secundaria que está más lejos que la escuela. Hoy hicimos educación física, artística y matemática.

-¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?

– Quiero ser abogado porque cuando hay problemas los resuelven.

“Si Dios me lo permite, me gustaría ver a alguno de mis nietos ser maestro o sanitario. Paulo capaz algún día llegue a ser abogado”, se ilusiona su abuelo.

Silas Belizani es el abuelo de Paulo y también cacique de la comunidad. Durante nuestra visita, una persona se acercó para que lo atendiera porque se había torcido el brazo jugando al fútbolMicaela Urdinez

Son muy pocos los chicos de estas comunidades que logran ir a la secundaria, y muchos menos los que alcanzan un estudio terciario: “Lamentablemente, por el contexto en el que viven, salen a trabajar a muy temprana edad”, explica Tolaba.

Tres deseos

Cuando tiene que pensar en tres deseos, Paulo no lo duda: una bicicleta para ir al colegio, unas botas para pescar y una pelota de vóley. “De la escuela lo que más me gusta es educación física y artística, porque hay que dibujar”, dice.

La familia Belizani está compuesta por sus abuelos, su mamá Marianela y su hermano Emanuel, sus tíos y sus primos. En total son 21 personas. “No tengo papá”, dice Maxi. Su mamá suele ausentarse por varios días para ir a trabajar y eso lo angustia. “No sé por cuántos días se va a quedar”, agrega.

El acceso a la luz es muy precario, cuentan con un tanque para conservar el agua y cocinan con fuego fuera de la casa. “No es que la gente no quiera trabajar sino que no hay quién compre las maderas, los postes o las artesanías. Te pagan unos pesitos y no vale la pena. Es grave. Las artesanías las intercambiamos por ropa o comida. Podemos hacer madera y carbón pero nadie lo compra”, explica Silas.

Por el momento se mantienen con la ayuda que reciben del Estado en forma de pensiones y la AUH, y de la pesca. Su mamá hace artesanías y las vende cuando puede. También crían animales. Silas, además, hace 30 años trabaja de “arreglar los huesos”, explica. “Atiendo más que nada a los niños que se caen, se golpean y no pueden decir lo que les pasa”, agrega.

Emanuel es el hermano de Paulo y es un inventor. Hace carritos con boyas de las redes de pescar y ramasMicaela Urdinez

Su hermano Emanuel, de 10 años, está en el piso jugando con un carrito que él mismo construyó. Es un camión con boyas de red, palitos de madera y una caja de plástico. “Es un inventor. Sabe hacer aviones con ramas también. Yo aprendo de él”, dice Paulo. Unos minutos después, se sube a la bicicleta de su primo y se pierde entre los árboles.

A Paulo le encanta hablar del monte, del río y de los animales. Es como si necesitara sacar de adentro toda esa naturaleza que lo recorre. “En mi casa tenemos cabras, chanchos, gallos y patos. Comen plantas, pasto y maíz también. A veces se van y se alimentan solos. Dan mucho trabajo, hay que buscarlos”, dice Paulo, a quien también le gusta perderse entre los arbustos buscando chanchos, patos y osos del monte. “Me gusta salir con la honda y tirarle al pájaro, hacerle caer”, dice entre risas, y se le hacen unos hoyuelos en los cachetes.

En general, Paulo dedica sus tardes a hacer la tarea, jugar al vóley o ir al campamento de la Cruz Roja Argentina, en donde ya tiene varios amigos, especialmente Maxi. “A Paulo nosotros lo llamamos el caciquito porque siempre pasa con su hermano, sus primos y su patotita. Tiene muchos ánimos de aprender, de jugar, de hacer algo. Es de esos niños que sobresalen”, dice Tolaba.

Mientras su mamá mete a las cabras chiquitas en el corral para que no se escapen a la ruta, él se prepara con su hermano y unos amigos para ir a la costa del río Pilcomayo. Tardan casi una hora en llegar caminando y se meten en el barro hasta la rodilla. “Es como arena movediza”, dice Paulo.

Lo que más le gusta a Paulo es ir al río a pescar con su familia y sus amigos. En general usa una red para sacar sábalos y surubíesMicaela Urdinez

Cuando la corriente está baja, se animan a meterse y a partir de mayo arranca la época de pesca. “Lo más lindo que hay es la pesca. A mí me enseñó mi abuelo. No tengo caña y por eso pesco con red. La tiramos sin carnada y los pescados mismos entran. A veces saco sábalo o surubí. Hay anacondas también que son enormes. Del otro lado del río queda Bolivia. Sacan dorados y otros pescados”, agrega.

Las familias necesitan el agua en todo momento del día. Para lavarse las manos, para preparar el desayuno, tomar agua, cocinar al mediodía, bañarse, lavar la ropa, regar y darle de comer a los animales.

“Sin agua no se puede vivir. Y nosotros queremos sembrar. Hace falta mejorar las casas, no tenemos pozos y estamos poniendo mangueras”, dice Silas. Su familia vivía sobre la vera del Río Pilcomayo. Después de sufrir dos inundaciones que se llevaron su casa completa, se relocalizaron en donde están instalados hoy. “Tuvimos que empezar de cero. De a poco fuimos comprando las chapas y armando las casas. Nadie nos ayudó”, dice.

La casa de Paulo es de material y techo de chapa. Tienen una conexión muy precaria de luz y cocinan a fuego porque no hay gas. Su principal necesidad, es tener un pozo con agua potableMicaela Urdinez

Por la tarde, la camioneta de la Cruz Roja Argentina sale con un tanque del campamento base a cargar agua a un depósito que queda a unos kilómetros. Bajan una bomba y lo cargan en tres minutos. De ahí se dirigen hasta lo de Belizani para abastecerlos.

“La gran problemática que se tiene en toda la zona es el acceso al agua segura. Muchas veces las comunidades que estaban alejadas tomaban agua de vertientes o de lluvia. Los pozos que hay acá en la zona tienen filtraciones y suelen liberar suciedad y ese tipo de cosas, que es lo que fue generando estos cuadros diarréicos, que trajeron como consecuencia cuadros de deshidratación y, lamentablemente, la muerte”, explica Tolaba.

Cuando terminan de llenar el tacho de su casa, la mamá de Paulo se acerca para lavarse las manos y los pies. Mete un vaso para tomar directamente de ahí. “No nos termina de alcanzar el agua. Por ahí sale bien y por ahí no. A veces sale apenitas para tomar porque somos muchos. Necesitamos un pozo”, se queja Silas.

Si tienen algún problema de salud, Paulo y su familia asisten al campamento de la Cruz Roja, en el que viven alrededor de seis personas en containers súper equipados con Wifi y hasta aire acondicionado. “Las principales consultas de salud en los niños son los cortes, las lastimaduras, las heridas, las picaduras y las reacciones alérgicas. Si es algo urgente, convocamos al hospital de Santa Victoria Este para que envíe una ambulancia para socorrer a la persona que esté necesitando”, agrega Tolaba.

Desde el gobierno provincial señalan que se están haciendo obras de pozos en la zona pero no alcanzan. “Ahora estamos con un proyecto de realizar eco-letrinas, porque, hoy en día, el manejo de excreta es bastante complicado acá”, cuenta Tolaba.

La charla con Paulo sigue durante el trayecto de vuelta del río:

-¿Qué están necesitando en tu casa para estar un poco mejor?

-Mi familia necesita para comer. Y agua también. Yo lo que quiero es ir a la secundaria.

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