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“Voto antichorro”, el tercer factor del cataclismo electoral

Escuela pública en Esteban Echeverría, sudoeste del conurbano, 9.15 de la mañana del domingo. Un hombre camina hacia la fila para votar, reconoce a un vecino tras el barbijo, se acerca a saludarlo y le dice, brevemente: “Hagamos lo que hagamos, acá hay que poner un voto antichorro… ya no se puede vivir, hermano…”. Imposible saber a quién votó, pero es posible considerar a la inseguridad como el tercer factor para el cataclismo electoral del gobierno, junto con la economía y la política sanitaria.

La moneda estaba en el aire y las dos caras giraban por igual: economía y vacunas; crisis y coronavirus. Pero cerca de tocar el suelo, la moneda se transformó en un prisma triangular.

Los robos violentos en el conurbano no aflojan y la ministra nacional, Sabina Frederic, no tuvo mejor idea que decir que Suiza es más tranquila pero más aburrida. No pasó como una anécdota más. Sergio Berni salió a criticarla como un dirigente de la oposición. Sobre llovido, mojado: Berni ve la paja en el ojo ajeno pero ignora la viga en el propio. Como si él no tuviera un distrito pesado para defender.

Un ejemplo simple y concreto. En 2020, con cuarentena estricta, la circulación en las calles de la Provincia bajó más de un 50% con relación a 2019, pero los delitos sólo retrocedieron el 15%.

En Quilmes, a pesar de la cuarentena, los robos subieron un 6,5%, pero los robos agravados se dispararon hasta lo intolerable: 48,5% más.

Quilmes es gobernado por Mayra Mendoza, que es La Cámpora en estado puro. Este domingo perdió contra las listas de Cambiemos por siete puntos.

Se sabe que la derrota es huérfana pero, si hubiera que buscarle un padre político, el revés en Quilmes es todo de Máximo Kirchner.

Enemigos íntimos: ministra nacional Sabina Frederic y ministro bonaerense Sergio Berni.

El juego del gato y el ratón entre Frederic y Berni empequeñece en una lucha inútil de egos al drama del miedo diario. Frederic y Berni parecen ignorar que ellos y sus chicanas de patio trasero no les importan a nadie. Que el anhelo profundo en muchos barrios es, simplemente, vivir más tranquilos. Pero Frederic responde a Alberto Fernández, Berni a Cristina Kirchner y todo sigue como si nada.

Santa Fe parece otra muestra cabal de esta corrosión del miedo pegándole de lleno a la credibilidad a los dirigentes.

El narcotráfico volvió en la semana previa con sicarios asesinando gente por las calles de Rosario, donde se sufre una anormalidad que Buenos Aires ningunea.

Para el poder político nacional, el drama de Rosario no está en la agenda. No en la de verdad, más allá de espasmos pour la galerie. Allí, en la verdad helada de las cosas que importan, Rosario siempre estuvo lejos.

El jefe de la banda narco Los Monos, juzgado en estos días por muchos de esos ataques a balazos cotidianos en Rosario, tenía en su celda de una cárcel federal una línea fija de teléfono.

No un celular. Un teléfono fijo. Con cables que alguien debe instalar, en una maniobra imposible sin la complicidad de las autoridades del penal, como mínimo.

Es la cárcel de máxima seguridad de Marcos Paz que depende del Servicio Penitenciario Federal y del Ministerio de Justicia.

La interventora del Servicio Penitenciario es María Laura Garrigós, fundadora de Justicia Legítima. El ministro es Martín Soria, un cultor de las declaraciones subidas de tono para echar al procurador o reformar la justicia a medida, que sin embargo no dijo nada sobre esto. Ni una palabra. Tampoco Garrigós.

Desde esa misma celda, “Guille” Cantero le dijo al tribunal que lo juzga en Rosario, por vía remota: “Me dedico a contratar sicarios para tirarles tiros a los jueces”. Los narcos hablan desde teléfonos propios en sus celdas federales. El Gobierno se queda mudo.

Ataque a tiros en el Centro de Justicia Penal de Rosario. Foto: JUAN JOSE GARCIA

La última saga de muerte a tiros rosarina empezó por el taller mecánico donde trabajaba un testigo protegido que declaró como arrepentido contra Esteban Alvarado, otro narcotraficante con el que había colaborado.

Esta historia tiene varias “ventanas” -es obvio que el testigo protegido quedó súbitamente desprotegido-, pero hay una que lleva directo al poder político.

Cuando Alvarado -el narco al que la víctima había denunciado- fue rodeado por la Policía, en Córdoba, lo primero que hizo antes de entregarse fue tirar su celular al lago del embalse Río Tercero.

La Policía recuperó el aparato y su contenido pudo ser abierto. Llegó a los tribunales con la grabación intacta del narco gritándole a su abogado, antes de caer preso: “¡Que me dé una mano la Rodenas!”.

“La Rodenas” no era otra que la ex jueza penal Alejandra Rodenas, que luego se dedicó a la política y es la actual vicegobernadora de Santa Fe y compañera de lista del ex ministro ultra K Agustín Rossi para las PASO del domingo.

Mientras fue jueza, a Rodenas le tocó investigar el crimen de Luis Medina, otro narco asesinado que era socio de Alvarado, quien enseguida quedó como sospechoso. Pero el caso se cerró sin culpables.

Rodenas protagonizó otro hecho confuso. Cuando la Prefectura fue a allanar una propiedad atribuida al mismo narcotraficante Alvarado, en una isla del Paraná, la ex jueza apareció diciendo que no allanaran porque ella alquilaba esa casa todos los años para pasar las fiestas.

El domingo, la lista de Rossi y Rodenas sacó la mitad de los votos que sus competidores en la interna oficialista, que a su vez perdió categóricamente contra las opciones de Juntos por el Cambio.

Rossi, ministro ultrakirchnerista hasta hace menos de dos meses, parece ahora un manojo de cenizas políticas que barre el viento del Paraná.

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